Una clase de ping pong, una peluquera y un supermercado
Uno de los profesores que suele sentarse a comer conmigo en el comedor me ha contado que juega muy bien al ping pong, así que ni corta ni perezosa le he pedido una clase. Hoy después de almorzar nos ha llevado al portugués y a mí a una sala y hemos estado jugando casi dos horas. Me ha dado algunos consejos y, parezca mentira o no, en una sola tarde he mejorado una barbaridad. Lástima que no llevara la cámara para echar un vídeo porque cuando he jugado con el profesor parecíamos un par de profesionales.
En un descanso que hice cuando Emanuel se puso a jugar con él, llegó la peluquera del colegio, me cogió de la mano y me llevó al sitio donde trabaja en la planta de abajo. Era una habitación pequeñita, con un lavabo, un espejo, una silla de peluquero y una cama, que a su vez hacía que sillón para que los clientes se sentaran a esperar. He visto cómo ha cortado el pelo a tres o cuatro personas y cómo no ha cobrado más de 50 céntimos a cada uno. Un día de estos me llegaré para que me corte el pelo que ya me va haciendo falta.
Y después me he llegado a un supermercado para comprar algunos artículos de limpieza para mi nuevo piso. Y un poco de insecticida, pero eso ya lo contaré en otra entrada. Una profesora se ha ofrecido a llevarme y ha venido a recogerme en el coche con su marido y su hija de cuatro años. Luego me han invitado a cenar: sopa, carne, pescado, algo inidentificable y noodles. Y después me han llevado a su casa para comer dátiles. Cuando hemos terminado me han traído con la compra al colegio. ¿A qué es amable la gente de estos lares?