Cómo dar clases en China y no morir aplastada en el intento
Esta semana he empezado las clases (¡al fin!). Enseño a 14 grupos de junior school, 40 minutos a la semana a cada uno. Los alumnos tienen entre 13 y 15 años y un nivel de inglés muy diferente de una clase a otra, pero todos flaquean en la producción oral.
Cada vez que entro en una clase nueva, los alumnos abren la boca de puro asombro de verme ahí. Hay risas y aplausos. Corriendo reaccionan y alguien grita "Stand up!". Se levantan todos de un salto y me saludan: "Hello, teacher!".
Algunos grupos son más tímidos que otros y a todos les cuesta hablar al principio, pero poco a poco se van soltando y ven que no les voy a comer. Pero a mí sí que me van a comer. Ayer estuve con una clase un poco fuera de lo normal: la gente se peleaba por hablar y tenían un nivel aceptable para la edad (y nacionalidad). Durante un ejercicio en parejas me pasée por la clase para asegurarme de que todos estaban hablando. Un chico me pidió que le escribiera mi nombre en una hoja y, pobre de mí, acepté. En cuestión de milésimas de segundo, toda la clase se levantó y se echó encima mía para pedirme un "autógrafo". Tuve que ponerme a gritar como una posesa, de lo contrario, podría haber muerto aplastada. Y no exagero. Bueno, quizás un poco.
Cuando di por terminada la lección, tuve otro encuentro cercano con la muerte: los niños volvieron a levantarse para que les escribiera algo, darme su número de QQ (el MSN chino) o hacerme regalos. Tuve que salir de la marabunta a empujonazo limpio.
En general, son niños muy cariñosos y están muy agradecidos de tener a una extranjera dándoles clases de inglés. Unas de mis alumnas vienen corriendo a abrazarme cada vez que me ven por el colegio. Un encanto. Lástima que tenga unos 800 alumnos y que nunca vaya a quedarme con sus caras, nombres e historias.
Por otro lado, debo admitir que ayer hice llorar a mi primera alumna. Me dio mucha pena, pero me alegra saber que impongo tanto como profesora como para hacer llorar a los estudiantes. Muajajaja. En realidad, todo pasó porque le pedí a una chica que se pusiera en pie para presentarse. Era extremadamente tímida y ante la presión se vino abajo. Pobre.